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¿Quién dijo que los macrobióticos no pueden comer tomates?

¿Quién dijo que los macrobióticos no pueden comer tomates?

Pero, si eres macrobiótica, entonces no puedes comer tomates, ¿no? Cuántas veces he oído esa pregunta en cuanto alguien se entera de que soy macrobiótica. Y ¡cuántas veces habrá que desmentir y explicar los falsos mitos de la Macrobiótica! Y es que la mayoría no sabe que comprender la manera en que transmutamos en nuestro cuerpo los alimentos y la energía que nos proporcionan, nos da la libertad de elegir y disfrutar de ellos. Es más, le damos tanta importancia a la cocina, porque gracias a ella somos capaces de adaptar el alimento a nuestras necesidades y equilibrarnos en nuestro entorno. Hace poco he leído el libro de Richard Wrangham, Catching Fire, How Cooking Made Us Human. Este profesor de antropología biológica de la Universidad de Harvard expone una teoría, en la que cocinar es la razón de nuestro éxito evolutivo. Cuando nuestros ancestros empezaron a cocinar sus alimentos, el cerebro empezó a desarrollarse. Al ablandar y hacer más digerible la comida, obtenían más y más rápida energía e invertían menos tiempo en masticar alimentos duros y crudos y podían dedicarse a otros menesteres sociales. Esto es algo que ya escuché hace muchos años en clase cuando empecé con la macrobiótica. Gracias a que aprendimos a cocinar y adaptar los alimentos a nuestras necesidades, pudimos expandirnos y colonizar casi cualquier lugar de la tierra. No crecen las mismas plantas ni animales en Groenlandia, que en el sur de Europa o en África central, no nos alimentamos igual en ninguno de estos sitios (o no deberíamos hacerlo si queremos conservar la salud) y mucho menos cuando nuestros ancestros emigraban a pie de un lugar a otro de la tierra.
Y volviendo a los tomates, no es lo mismo tomarlo crudo en una estupenda ensalada, gazpacho o salmorejo en verano, que es cuando están en su punto, que tomar eso mismo en pleno invierno, cuando lo que quiero es comida confortable y calentita para no resfriarme ni debilitar mis riñones. (Al margen de lo insípidos que resultan de invernadero o cuando llegan en las cámaras frigoríficas desde el cono sur y además, el coste medioambiental que supone su traslado)
Sin embargo, hay días de invierno en los que me apetece una sopa de tomate y apio calentita o darle un punto de sabor a un guiso o poner unos tomates en una pizza o ensalada. Pues para eso está la cocina, para transmutar y adaptar la energía refrescante, dispersa, yin del tomate y yanguizarlo, dándole una energía más concentrada, más apropiada para el frío. El uso del fuego, la sal, el tiempo y la presión, cambian totalmente la energía del alimento. Cocinar es un juego en el que vamos combinando unos y otros para conseguir la consistencia, textura y sabor deseados. Nuestros ancestros (y no tan lejos en el tiempo) ya secaban y salaban los alimentos para su conservación o los fermentaban, de manera que en época de escasez tenían qué comer o añadir a lo que recolectaban o cazaban. Además de disfrutar de los distintos sabores que se obtienen de ellos. Hay estudios científicos que corroboran estos cambios, como el que hicieron investigadores de la Universidad de Cornell, que demostraron que el uso del calor (fuego), aumentó el valor energético de los tomates, al crecer el contenido de licopeno que puede absorber el cuerpo, así como la total actividad antioxidante.

A mí, me gusta asar los últimos tomates de la temporada a no muy alta temperatura durante mucho tiempo con hierbas aromáticas, hasta casi secos o caramelizados, meterlos en tarros y hacer conserva con ellos. Es todo un lujo saborearlos de vez en cuando en invierno en una salsa, un guiso o una ensalada templada.

RECETA

SOPA DE TOMATE

INGREDIENTES:

– 1kg de tomates maduros medianos – Hierbas frescas al gusto (romero, savia, orégano..)

– 1 cebolla

– 1 zanahoria

– 1 rama de apio

– 1 puñado de albahaca fresca

– 1 cucharada de aceite de oliva virgen extra

– Sal y pimienta

– 1 cucharada de panela

– Tofu ahumado (opcional)

PREPARACIÓN:

Lavamos los tomates y les hacemos una pequeña cruz con un cuchillo en la base para luego pelarlos mejor. Los ponemos en una fuente de horno con un chorrito de aceite, sal y hierbas frescas aromáticas (romero, salvia, orégano…) Se ponen a asar una hora, en el horno previamente calentado a 180ºC. Yo hago este paso a finales de verano y hago varios frascos de conserva para consumir ocasionalmente fuera de temporada.
Picamos la cebolla, la zanahoria y el tallo de apio y lo rehogamos en el aceite de oliva.
Cuando el sofrito está pasadito, añadimos los tomates asados, las hojas del apio y el puñado de albahaca y cubrimos con agua
Añadimos la sal, pimienta y la panela
Dejamos hervir de 20 min
Trituramos y pasamos por el pasapurés o el chino.
Servimos con taquitos de tofu ahumado